Adios, Hasta un nuevo momento 2005-2009

Alcanza la mortalidad Mariano Rivera


Es mortal

Mariano Rivera no es el lanzador dominante de antes, pero continúa disfrutando las batallas sin querer ser la figura central en la discusión pública


Para regocijo de algunos y solaz de otros, los súper poderosos todavía mueven algunas de las piezas más importantes del béisbol. Todavía hoy los Medias Rojas y los Yankees consumen toda la atención mediática dejando las ondas radiales y televisivas completamente agotadas, para decepción de los fanáticos de béisbol que se ven interesados en clubes menos influyentes como los Tigres de Detroit o los curiosos Azulejos de Toronto, por ejemplo

Ambos siguen siendo la vara con que se mide a todos los retadores, aún cuando fue Tampa Bay el equipo que ganó el banderín y la división el año pasado. Cuando Texas, actualmente en primer lugar, estaba en proceso de completar un viaje de 3-3 a Nueva York y Boston, el piloto de los Vigilantes Ron Washington fue bombardeado con preguntas sobre si su equipo, el mejor de la División Oeste en la Liga Americana, estaba a la par de los dos mejores del Este. "Ese equipo ahí", dijo Washington un día en Nueva York señalando en dirección a los vestuarios de los Yankees, "es un eterno candidato al título. Uno tiene que recordar que aún cuando han tenido un mal año han ganado 90 juegos por año, al menos". Y así es que sus reputaciones continúan intimidando, y ambos equipos están ahora primero y segundo en las clasificaciones de la División Este de la Americana, pero más que nunca en los últimos veinte años, la mortalidad y la regeneración parecen estar redefiniendo a ambos equipos. Manny Ramírez se fue, Curt Schilling se retiró, y la debacle de David Ortiz ha sido muy bien documentada. Joe Torre se fue, los Yankees tienen al menos cuatro jugadores de primer nivel enfrascados en el histórico drama de los dos equipos de la ciudad, y el corazón de la gran dinastía de antaño (Derek Jeter, Jorge Posada y Mariano Rivera) ya no es más que un trío. Quizás más aún que todos sus otros compañeros, es Rivera quien aún en esta etapa madura de su carrera sigue siendo el más importante y al mismo tiempo el más desconocido miembro de la dinastía, tanto por su trabajo anterior como por su actual decadencia. Él es el mejor taponero en la historia de esa posición. Junto a Posada, tiene la mayor cantidad de años de servicio seguidos en la organización de los Yankees, y a medida que envejece (o a medida que finalmente se hace mortal) se mueve con una dolida intensidad. Más allá de los números, Rivera siempre ha sido un personaje interesante. Se mueve con una elegancia profesional que sugiere que está más allá de la cacofonía diaria del show unipersonal. Es uno de los Yankees pero no se engancha en la tontería de la narrativa polarizadora de la rivalidad Medias Rojas vs. Yankees que ambos lados instigan, y que hace que ambos equipos se enriquezcan mutuamente. Rivera es un legítimo hombre de Dios, pero no da muestras audaces de su religiosidad, ni hace esas molestas señales hacia el cielo que se han transformado en la orden del día en el deporte. Si es que hay en él una felicidad o ansiedad adicional hoy, ahora que su siempre eficiente manera de lanzar ya no está garantizada, él no la muestra. Siempre termina sus salvadas con un sencillo y casi formal apretón de manos con el receptor, tal como lo hacía cuando era imposible batearle. Es el anti-Papelbon, el anti-K-Rod. Solamente una vez en su carrera se salió de su cauce. Fue en el séptimo juego de la Serie de Campeonato de la Liga Americana del 2003, el famoso partido de Aaron Boone. Rivera había lanzado tres entradas sin anotaciones en ese juego, un partido que él y los Yankees sabían que deberían haber perdido más temprano, y aún así llegó Boone en el 11er inning con un jonrón ante Tim Wakefield que les valió el banderín. Mientras que el resto de los Yankees se abalanzaban sobre Boone, Rivera, el héroe se lanzó hacia el montículo y colapsó sobre él, de frente, exhalando exhausto.

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